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jueves, 20 de abril de 2017

La metáfora del corazón, de José Pulido Navas

        En 2003 Seix Barral publica Somos el tiempo que nos queda, de José Manuel Caballero Bonald, título que, aunque sea una inmodestia comentarlo aquí, motivó en mí la escritura de un soneto cuyos primeros versos dicen: Somos el tiempo que nos queda, pero / al mismo tiempo somos lo vivido. Y es que el Tiempo, como materia esencial de nuestras vidas es, de la misma forma, materia esencial de la escritura. Lo saben los poetas desde el principio de los tiempos, y así ha quedado reflejado en tantos y tantos versos escritos en cualquier parte de este mundo nuestro. Y, mientras el hombre sea esa maquinaria que nace, crece, se desarrolla y muere, seguirá reflexionando y manejando la argamasa del tiempo en la construcción de toda obra, ya sea literaria, pictórica o ensayística, en la que respire un cierto afán de trascendencia .
            José Pulido Navas lo sabe y por eso mismo reflexiona sobre ello, sobre la levedad del tiempo, sobre el poder de la memoria, sobre la necesidad de la poesía para, inútil gesto, intentar detenerlo. De todo eso, y de lo que supone el discurrir de la vida del poeta en el escenario intangible del tiempo, trata La metáfora del corazón, libro con el que el autor obtuvo el III Premio Internacional de Poesía "Pilar Fernández Labrador", que ha publicado la Diputación de Salamanca, en una cuidada edición, con esclarecedor prólogo del poeta y periodista, Carlos Aganzo, y una hermosa cubierta con ilustración del pintor salmantino, Miguel Elías.
            El poemario está dividido en tres partes: El rostro del tiempo (la más extensa, con 24 poemas), Calendario lunar (compuesto por 13 poemas) e Intimo calendario (con 12 poemas). Se cierra el libro con una Adenda: Tiempo de narrador, traducciones, donde se recogen 15 de los poemas de esta obra traducidos a idiomas tan diferentes como: árabe, croata, inglés, portugués, bengalí, alemán, ruso, italiano,  griego, etc.
            Cabe destacarse, por lo que de pistas suponen en la lectura del libro, las citas con que se encabeza cada una de sus divisiones; la primera, de San Agustín: ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé. De Miguel Hernández, la segunda: ¡Lunas! como gobiernas, como bronces siempre en mudanza, siempre dando vueltas. Y del Eclesiastés, en la que cierra el libro: Todo tiene su momento y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo.
            Con sólo estos datos cualquier lector puede quedar perfectamente orientado respecto al trasunto del libro, pero, claro, más allá del trasunto, más allá de aquello de lo que trata, está el cómo se trata. Y es aquí donde José Pulido muestra sus cartas de presentación: su habilidad con la metáfora, su precisión con la palabra exacta, su capacidad para decir más allá de lo que el contenido de la palabra en sí misma pueda encerrar. Así, materia de ese tiempo del que estamos hechos, el poeta viaja por la Historia, infancia, adolescencia, juventud, madurez...; se detiene en el misterio del Amor, se aferra a la tabla salvadora de la Palabra. Va y viene por la memoria y explora territorios de luz y sombra, hasta llegar a esa tercera parte, Íntimo calendario, en el que concreta diferentes enclaves esenciales repartidos a lo largo del año: Fiesta de Luminarias, Carnaval, Nacimiento de la Primavera, Noche de San Juan, Romería, Noche de Difuntos..., por citar sólo algunos de los poemas que componen esta última parte del largo y provechoso recorrido por La metáfora del corazón, libro hondo y bien cimentado, cuya lectura desde aquí recomiendo.

            Lástima que, como sucede tantas veces con libros editados por Organismos Oficiales, su localización en librerías pueda ser algo complicada. En cualquier caso, contactar con el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Salamanca, resolverá los posibles inconvenientes al respecto.  

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