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lunes, 20 de junio de 2016

Homenaje a Rubén Darío y Francisca Sánchez en Navalsauz



         El pasado sábado, invitado por los amigos José María Muñoz Quirós y Pepe Pulido, participé en el homenaje que el pueblo de Navalsáuz (o Navalsauz, que no tengo todavía muy claro cómo se escribe, ya que, habitualmente, lo he visto escrito sin tilde, aunque los propios del lugar lo pronuncian con acento) ofreció a la figura de Rubén Darío, con motivo del centenario de su muerte, y a la que fuera su compañera durante dieciséis años, Francisca Sánchez, natural del pueblo abulense.

El acto reunió a más de 100 personas, en un pueblo de una veintena de habitantes, y tuvo como pregonera a la periodista Rosa Villacastín, nieta de Francisca Sánchez, y autora de la biografía novelada La princesa Paca, como era conocida la compañera del poeta nicaragüense entre su círculo de amistades. Así mismo, se contó con la participación del actor Ramón Langa, que interpretó al propio Rubén Darío.
  
Durante el homenaje, realizado en distintas etapas a lo largo del pueblo, engalanado con la flor del piorno, característica de esta zona geográfica de Gredos, se leyeron textos del poeta homenajeado (deliciosa la narración de su visita a Navalsáuz —o Navalsauz— en burro, desde Ávila); otros, de autores que han colaborado en el monográfico que le ha dedicado la revista El Cobaya; e interpretaciones musicales a cargo de un dúo de flauta travesera y violonchelo.

El recorrido, que duró algo más de dos horas, se cerró con las palabras de agradecimiento de Rosa Villacastín, del Presidente de la Diputación de Ávila y del propio Alcalde de esta pedanía de San Martín del Pimpollar.

La celebración terminó con un refrigerio con limonada y productos de la tierra.

Dejo a continuación el poema con el que he colaborado en la mencionada revista:

CON TRECE AÑOS LEO POEMAS DE ADOLESCENCIA, DE RUBEN DARIO
(Editados en la imprenta G. Hernández y Galo Sáez - Mesón de Paño, 8 - Madrid, 1923)


             Viste
             triste
             sol?
             Tan triste
             como él,
             sufro
             mucho
             yo!

      Rubén Darío


Una tarde de otoño, con la lluvia
al otro lado del cristal, mi abuela
extrajo de un cajón, desvencijado,
un libro de poemas.

Contaba por entonces trece años
y había escrito mis primeros versos.
Ella me lo entregó como un tesoro
familiar y modesto.

Firmaba el libro aquel Rubén Darío,
cuando era adolescente todavía.
Mas, ¡cuánta gracia y fuerza en su lenguaje!
¡Qué claridad tan viva!

Aprendí sus poemas de memoria
Madrigales, Sollozos de laúd
y fui desde ese espacio hasta otro espacio
donde el mundo es Azul.

Muchos años después, encuadernado,
tengo en mis manos, esta tarde, el libro.
Los mismos versos y la misma lluvia.
Sólo yo soy distinto.


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