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miércoles, 9 de abril de 2014

Horas de espera


[Imagen tomada de aquí]

            Tal día como hoy, hace treinta y ocho años, subí en la Estación de Chamartín, en Madrid, a un tren militar rumbo a Pontevedra. Tenía veintiún años, algunos poemas escritos y ningunas ganas de vestir de caqui. Lo bueno era que, puestos a disfrutar de una beca de aquel ejército —así era como se refería a la mili mi amigo Higinio—, lo haría en Galicia, tierra que desde la infancia tuvo para mí resonancias míticas. Así que allá que iba, a cumplir con la patria.
            Habíamos llegado a la estación hacia el mediodía, y aguardábamos a que el suboficial de turno diese orden de ocupar nuestra reserva en el tren asignado. Pero pasaba el tiempo —una hora, dos horas, tres...— y nadie sabía cuánto duraría aún aquella larga espera. Entre la fauna de jóvenes que, conforme al acervo popular, volveríamos del servicio militar hechos unos verdaderos hombres, los había de todo tipo de pelaje y condición. Quiero decir que, a tenor de la longitud de los cabellos, vestimentas, tatuajes o peculiaridades en la manera de expresarse, podía el observador atento proceder a distintas clasificaciones: desde pijos del distrito de Salamanca, de la capital, hasta macarras, e incluso navajeros, de los barrios o pueblos más desfavorecidos. Muy pronto, acaso movidos por un afán de supervivencia y atentos cada uno a nuestra propia intuición, comenzamos a hacer grupos; cada cual en busca de afinidades donde reconocerse.
            Por fin, a eso de las ocho de la tarde, hubo cierto revuelo en la sala de espera, de modo que, al trajín habitual de los viajeros que iban a tomar su tren a Barcelona, Irún o Cartagena, pongo por caso, una especie de marabunta variopinta, cargada de petates color caqui, recogidos en la visita previa que por la mañana habíamos hecho a las diferentes Cajas de Reclutas, también se puso en marcha; aunque, en un principio, sin saber muy bien hacia dónde tirar ni a qué atender. Poco a poco, las voces de los suboficiales y auxiliares fueron sobreponiéndose al jaleo propio de la estación y los aspirantes a soldaditos, atendiendo a sus órdenes, formamos filas en una pose militar, torpe y desangelada, de la que nuestros responsables se burlaban, entre amenazas sobre lo que se nos venía encima.
            Así, más o menos alineados en formación de a dos, comenzamos a desfilar hacia los andenes, a subir en los vagones, a acomodarnos en compartimentos de ocho personas. Aún hubo que esperar un tiempo indeterminado —quizá treinta minutos, tres cuartos de hora...— antes de que el convoy se pusiera en marcha y dejara atrás los últimos barrios y rascacielos de Madrid. Era el comienzo de una larga noche. De quince largos meses.

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